Detrás de los relatos de nuestras abuelas

Por Amaranta C. Monterrubio.


Quienes hayan crecido en México, especialmente fuera de la Ciudad, saben que apenas han transcurrido los primeros años de infancia, cuando nos cuentan la primera historia de horror: los aparecidos, los nahuales, las brujas. Algunos pasan de largo este momento, pero otros, nos quedamos enganchados para siempre. Cada relato nuevo enciende nuestra imaginación y nos produce emociones que, cual adicción, buscamos replicar a lo largo de nuestra vida. Ese interés puede evolucionar en el gusto por el horror literario, teatral o cinematográfico; para quienes buscan la experiencia más vívida es probable que se acerquen a casas embrujadas o a juegos mecánicos y, para los más aventurados, puede devenir en aprendizajes y prácticas de ocultismo y magia. ¿Quién diría que una historia contada a tiempo a la persona indicada podría despertar tantas emociones que habían permanecido dormidas?


Claramente esa excitación que nos producen los relatos de horror, nos precede. Las primeras historias que nos reunimos a contar alrededor del fuego en la prehistoria, seguramente fueron historias de horror, pues aún el mundo nos era completamente inexplicable, habitábamos un paisaje muy agreste y éramos presas fáciles de todo tipo de criaturas. No poseíamos luz eléctrica, por lo que nuestras visiones nocturnas estaban deformadas por la oscuridad o por la inestable luz del fuego: todo ruido, toda sombra, podían preceder a nuestra muerte. Así es, desde el principio hemos contado historias para paliar el miedo. Cuando estamos contando una historia alrededor del fuego, en la sobremesa o a la hora del café con pan, entra en una meditación profunda tanto quién narra como quien escucha: el miedo y las preocupaciones desaparecen, sólo existe el relato. A los niños se les leen cuentos antes de dormir, a los enfermos se les relatan historias en los hospitales cuando sienten miedo, en los velorios se narran anécdotas del fallecido para que duela un poco menos.


Pero, a todo esto, en dichos ejemplos, ¿a quién se imaginan contando las historias? ¿Es un hombre o una mujer? ¿Es joven o entrada/o en años?

La mayoría probablemente recuerden a sus abuelos, pero especialmente, a sus abuelas. Es común que tanto abuelas como abuelos sean nuestros iniciadores en el horror sobrenatural. ¿Por qué?


Se habla mucho de la "tradición oral", pero no se específica que tal cosa no es solamente pronunciar palabras escuchadas en otro momento. Sólo hasta que las palabras están cargadas de significado, es que podemos empezar a hablar de tradición oral y, tal cosa, lo dan el aprendizaje y la experiencia que no son privativos de la edad, pero sí una probable consecuencia. Entonces no es extraño que sean las abuelas y los abuelos los contadores principales de historias tétricas. Ahora, ¿tanto abuelos como abuelas cuentan las mismas historias?


No. Claro que hay diferencias. A lo largo de años de escucha de relatos de abuelos y abuelas, e incontables programas de radio, he observado lo siguiente: las historias más comunes del género masculino hablan acerca de aparecidos en caminos, mujeres anormalmente bellas en las carreteras, las típicas narraciones de traileros, guardias de edificios, policías, militares, taxistas; mientras las historias del género femenino ocurren en el espacio doméstico, los aparecidos surgen dentro de la casa, se manifiestan antiguos inquilinos, se habla de brujas, nahuales y exorcismos. ¿Por qué?


Evidentemente las historias vienen atravesadas por los roles de género. Pero miremos un poco más lejos. Los relatos masculinos son más breves, llevan el elemento sorpresa y la impresión que dejan es: pasó esto y sobreviví. Sobreviví a la mujer hermosa con una pata de gallo, al niño que se cruzó corriendo la carretera, al diablo en el camino, a las bolas de fuego que vi pasar en la noche. Son relatos que suceden en el exterior y experiencias que, aunque macabras, se viven como aventuras. Después del suceso la emoción que queda es la estupefacción, la mirada de un venado lampareado en carretera. Al contarlo, en los abuelos brota el orgullo de haber sobrevivido a las apariciones, aunque la mayoría de las veces no hayan sido realmente una amenaza. Es decir, no se tiene que luchar demasiado para sobrevivir. La dama blanca, la muerte o el diablo se hacen presentes, tientan al protagonista y, con poco que se resista, se van. No hace falta un acto muy épico para librarse de la amenaza: basta correr, negarse o decir groserías para ahuyentar a los espíritus. Porque, ¿qué se puede hacer ante tal estupefacción?


Ahora, pensemos en los relatos de las mujeres. Históricamente se nos ha relegado y "condenado" (explicaré las comillas más adelante) a los trabajos domésticos y a los cuidados humanos. Nos responsabilizan de la salud, la vida y la armonía de nuestros hogares. "Es tradición", se dice, que cuidemos (y aquí me permito una cara de desagrado por que se le llame "tradición" para no mencionar que es un trabajo tanto impuesto como invisibilizado). Entonces, si somos responsables de la supervivencia de nuestras familias, ¿qué procede ante una amenaza?


Así es, combatirla. Curiosamente, en las historias de las mujeres hay amenazas reales empezando por el simple hecho de que las criaturas y los espíritus han logrado transgredir los límites del hogar y quiebran la armonía en él. Además, suelen ser amenazas constantes y repetidas: el fantasma que aparece siempre en la misma habitación, la bruja que más de una vez intenta llevarse al niño, la llorona que ronda la casa, el nahual que cae una y otra vez en el tejado, el familiar que vive poseso varias noches. Sus relatos no quedan en una mera fotografía impactante de lo ocurrido, se sostienen por largo tiempo.

A las mujeres no les queda tiempo para el miedo. Tan pronto llega la estupefacción, es tiempo de lucha. Las mujeres defienden sus hogares como fieras. Sus historias son relatos épicos que nada le piden a los legendarios estrategas de guerra. Se narran soluciones y batallas ganadas. En la trama surgen rezos para sacar al mal, intronización de imágenes sagradas, organización con otras mujeres para el combate, alianzas con el resto de los habitantes de la casa o una soledad avasallante porque nadie les cree y, a pesar de ello, defienden a sus hijos pequeños de figuras terribles y presencias muy agresivas que podrían des-atarle la locura a cualquiera. ¿Qué es lo que permite a estas mujeres llevar a cabo tremenda batalla?


No, no es el "instinto materno" (iugh). Es que conocen su casa. Así es, a fuerza de permanecer en el hogar, las mujeres conocemos cada uno de sus rincones. Formamos una relación muy especial con la vivienda y la entendemos en su lenguaje: sabemos de sus olores, de sus texturas, sus fisuras y defectos. Vibramos junto con la casa. Las paredes nos hablan o nos hostigan. Gracias a la casa, conocemos a cada uno de los individuos que habitan en ella: sus manías, desórdenes y afectos. No es extraño entonces que una mujer sea la primera en notar una posesión o por un ruido extraño, descubrir amenaza consistente. Tampoco es raro que sean las mujeres las que nos enseñan oraciones y rezos, las que nos acercan al pensamiento mágico-religioso y conocen todo tipo de recetas y remedios caseros, desde las tijeras debajo de la almohada para proteger de las brujas o el hilo rojo para los recién nacidos contra el mal de ojo hasta la friega con hierbas para curar el espanto.

Ahora, no significa que las mujeres estemos más calificadas o seamos más capaces de mantener y proteger los hogares, como hace creer ese discurso "aliado" de que las mujeres somos más diligentes y por eso debe perpetuarse sobre nosotras la imposición del trabajo doméstico. Simplemente es un vínculo con la casa como el que forma un mensajero con el camino, un chofer con su vehículo, un guardia con su edificio. No más.


Esto, como fenómeno cotidiano, también impacta en la literatura. Y hay un libro que envuelve ese fenómeno y lo trae para nosotros en forma de belleza: Tiempo destrozado (1928), de Amparo Dávila. El terror y lo doméstico. En dicho libro habitan mujeres que se alían con otras para terminar con la amenaza en sus hogares; mujeres dispuestas a mantener la casa, la memoria y los cadáveres intactos en el tiempo; mujeres que viven el terror en la intimidad de su alcoba, hijas devoradas por la madre; mujeres estables que pierden la cabeza por ruidos inexplicables en medio de la noche.


Tanto en la literatura como en la vida, para las mujeres la casa no solamente implica la armonía familiar, el disfrute de compañía, el cobijo de la intemperie. La casa puede ser la amenaza misma, la más terrible bestia en la historia de horror, sus habitantes los macabros enemigos, sus memorias los cuchillos lacerantes. El hogar puede ser el origen de la locura.

Tal cosa como el "instinto materno", pues, ha de tomarse con las más delicadas pinzas. ¿Hasta dónde la abuela, la madre, la tía, defendieron a su estirpe por instinto o más bien por una carga social que pende de ellas de procurar la vida? ¿Qué pasaría en una historia donde no defienden? ¿Se les acusaría de malas madres aún sabiendo que el miedo es paralizante para los seres humanos? ¿Estarían faltando a su deber femenino y comportándose contra natura por no luchar para proteger la armonía? ¿Hasta dónde el relato de horror heroico de la abuela es una legitimación de su rol de género?


Afortunadamente se ha empezado a hablar de los cuidados y las dinámicas domésticas y esa conversación, con suerte tocará no sólo la ficción escrita, sino la tradición oral, que paradójicamente, al no ser física, es más fija y difícil de cambiar.


Podríamos aspirar a otro tipo de historias, no solamente a que un hombre defienda a su estirpe y a una mujer la tiente Satanás en carretera, sino a otras posibilidades, como que hagan equipo, que se crean mutuamente, que ambos sepan de remedios. Porque parece a simple vista que cuando hablamos de trabajo invisibilizado, las mujeres queremos dejar de cuidar. Pero no. Lo que queremos es cuidar mejor, cuidar juntos y sin imposiciones lacerantes. Cuidar aliadas con la comunidad, los otros miembros de la familia y las políticas públicas. Cuando entrecomillo "condenadas" a las labores domésticas, quiero decir que no es una condena el acto de cuidar de otros en sí, al contrario, en el contacto con la casa creamos un lenguaje con ella, un tempo, un ritmo para respirar y latir. La convivencia con sus habitantes nos trae satisfacciones y disgustos, claro, pero también nos hace testigos de procesos bellísimos en las personas, nos permite cuidar de plantas y animales y probar la alquimia de la cocina. Más toda esa belleza puede irse al traste cuando violentamente se convierte en la única opción. Cuando cuestionamos los roles de género no implica precisamente que envidiemos la rutina de choferes, policías o militares, sino que nos molesta la violencia de cancelar las posibilidades.


Quizá poco a poco podamos construir hogares de donde se pueda entrar y salir libremente, atenuando la dicotomía de lo público con lo privado. Tal vez en el futuro nos esperan otro tipo de historias de horror que ni siquiera podemos imaginar ahora. Porque, eso sí, el horror nunca se va a ir, por suerte. Nuestros miedos humanos seguirán mutando hasta el final de nuestros días y la catarsis que dan los relatos, siempre será necesaria. Con suerte, en nuestra vejez, estemos ahí para narrar.

© El Umbral, 2020