Entre el óxido y la chatarra: la iconoclasia mexicana y la guerra de las estatuas

Por Eduardo Paredes Ocampo.


Erguido entre el desprecio de un deshuesadero en Cuernavaca, se alza Cortés, montado en su caballo. Sus acompañantes son autos achatarrados, patrullas inservibles de la policía del Estado de Morelos y la maleza perenne del lote baldío. Como a prisionero juzgado por su propia historia, lo rodea una jaula de hierro. Quizá tal desolación sea finalmente, para el jinete y el corcel de bronce, el panorama del reposo: el viaje de la estatua ecuestre paródicamente remeda a la del modelo de carne y hueso, quien, hace cinco siglos, vagó durante cuatro expediciones entre el Viejo y el Nuevo mundo.

La aventura de la estatua empieza en 1931, cuando el Cortés de Cuernavaca fue esculpido por el refugiado español Sebastián Aparicio. En 1964, fue instalado en la entrada del Hotel Casino de la Selva, donde continuó –a una resguardada altura de diez metros del suelo– por treinta años. Entonces, en ese lugar, se construyó un Costco –y el nuevo imperialismo desplazó al viejo: de 2001 a 2009, Cortés fue arrumbado en un rincón del adyacente Museo Muros.

Posteriormente, la efigie fue donada al Ayuntamiento, el cual la erige, otra vez, en un lugar público: la glorieta de Teopanzulo. Ahí, desprovisto de una altura inalcanzable, Cortés sufrió la desgracia de su desacralización. La pintura vandálica roja –en señal de la sangre derramada– cubrió al conquistador varias veces. En una ocasión, hasta perdió una espuela.

En 2011, después de un desastroso intento de renovación que lo coloreó todo de verde y ante un atentado de aerosol directo a los ojos, la escultura del Cortés de Cuernavaca fue retirada. En su reemplazo, como haciendo una enmienda a la historia, se colocó una efigie de Cuauhtémoc (último tlatoani del imperio mexica, injustamente torturado por el español). Se pierde, entonces, el rastro de la figura ecuestre hasta que, en 2016, se la descubre, humillada, en la localización actual –entre el óxido y la chatarra.


Foto de Máximo Cerdio

El año 2020 ha hecho que nos interesemos de nuevo en la vida y la muerte de las estatuas –y en México, nuestro Cortés de Cuernavaca no debería ser una excepción. Alrededor del mundo, hemos atestiguado (al lado del incremento de casos de coronavirus) el resurgimiento de la iconoclasia. La iconoclasia es un término que proviene del griego y se refiere a la destrucción de íconos y monumentos religiosos o profanos, de una cultura o corriente cultural por otra, por motivos relacionados con la devoción o la política. En la historia de la humanidad, ha habido diversas épocas iconoclastas: los césares romanos derribaban las efigies de sus predecesores; los primeros cristianos destruían los ídolos demoniacos de los paganos; los seguidores de la Reforma protestante arremetían contra los santos y vírgenes del catolicismo; los revolucionarios franceses atentaban contra la simbología monárquica y absolutista y, más reciente, los Aliados desprendían los símbolos del nazismo del espacio urbano europeo.

Los motivos de la presencia de tal movimiento hoy en día –que se ha llamado “la guerra de las estatuas” y es un brazo combativo del Black Lives Matter– varían de latitud en latitud. Sin embargo, todas las variantes, inspirándose unas a las otras, cuestionan la licitud y pertinencia de estatuas que, en el panorama urbano contemporáneo, encarnan y glorifican el pasado colonial y racista de las naciones. Asimismo, existe un detonante común: las protestas que surgieron a partir del asesinato de George Floyd, un hombre afroamericano, por Derek Chauvin, un policía blanco, el pasado 25 de mayo en Minneapolis, Minnesota. Hay, por ende, una conexión implícita y problemática entre el abuso policial y aspectos normalizados del ayer como el esclavismo.

Para ser más específicos, los tres casos de iconoclastia contemporánea más sonados en las noticias y las redes sociales son:

1. En Estados Unidos, en Boston, en St. Paul y en Virginia, estatuas de Colón han sido vandalizadas o derrumbadas el pasado mes de junio.


Foto de NBC10 Boston


2. En Bristol, Reino Unido, el 8 de junio, no sólo se derribó la efigie de Edward Colston, famoso esclavista británico del siglo XVII, sino también fue arrastrada y arrojada al cercano río Avon.


Foto de Harry Pugsley, SWNS


3. En Amberes, Bélgica, el 9 de junio se prendió fuego y se pintó de rojo al busto del rey Leopoldo II, cruento colonizador del Congo.

Foto de Yves Herman, Reuters


A la par que el metal y la piedra, la guerra de las estatuas ha hecho también que la tinta se derrame. Numerosos escritores, periodistas, historiadores y políticos –sobretodo en el mundo anglosajón– han participado en un amplio debate acerca de la validez o invalidez del movimiento iconoclasta que se vive en el turbulento año 2020. Como la teoría va siempre un paso atrás que la práctica, muy pocos escritores enteramente abanderan la causa iconoclasta. Hay, sin embargo, muchos más que de manera absoluta abominan a quienes (en sus propios términos) destruyen o vandalizan el patrimonio histórico de las ciudades. Por ejemplo, en un artículo para The Telegraph, Boris Johnson, primer ministro del Reino Unido, salió a defender a capa y espada la estatua pintarrajeada de Winston Churchill, tachado de racista por los manifestantes del Black Lives Matter (“was a racist”, grafitearon en su pedestal, en Parliament Square, Londres).

Foto de Frank Agustein, AP


Asimismo, de este lado del Atlántico, Donald Trump, presidente de Estados Unidos, en un Tweet, manifestó su rechazo a la decisión de retirar la estatua ecuestre de Theodore Roosevelt, rodeado paternalistamente de un nativo americano y un negro, enfrente de el American Museum of Natural History en Nueva York (“Ridiculous, don’t do it!”, posteó el presidente).

Foto de Timothy Clary, AFP, Getty


Por otro lado, la mayoría de quienes escriben u opinan del asunto tienden hacia un punto medio, en el que, a la vez que se cuestiona la presencia de monumentos con cargas imperialistas, racistas y colonialistas en el paisaje urbano actual, se interroga acerca de una visión demasiado simplista y maniquea de la historia. En una entrevista para este artículo, el historiador mexicano Bruno de la Serna comentó: “si a todos los grandes íconos de la historia los pasáramos por el tribunal inquisitorial de nuestra sociedad posmoderna, probablemente ninguno saldría impune, en todos encontraríamos cosas que hoy nos parecerían escandalosas, potencialmente peligrosas o, cuando menos, bastante incómodas”. O, en palabras del sociólogo Rodrigo Bolaños: “hay muchos hombres de hoy que son alabados, aunque también han incurrido en atrocidades neocolonialistas en nombre de la supuesta modernización”.

Finalmente, hay también algunos escritores que, arguyendo en favor de la preservación de la memoria, abogan por mantener las polémicas estatuas, siempre y cuando se les coloque una placa informativa que contextualice históricamente su presencia en un pedestal y su conexión con un pasado problemático. Del mismo modo, otros, más pragmáticos, pero no del todo iconoclastas, piden que se retiren los monumentos, pero que posteriormente sean alojados en museos especiales donde se explique su relación con el ayer, el hoy y el mañana.

En México, a partir del movimiento internacional de Black Lives Matter y la muerte de George Floyd, se ha abierto, otra vez, el debate acerca de un racismo y discriminación que permea todas las expresiones de nuestra sociedad. Sin embargo, pese a las protestas generadas por la causa conjunta del abuso policial (el asesinato de Giovanni López el 4 de mayo en Jalisco fue un detonante también) y el racismo, en ciudades como la Ciudad de México y Guadalajara, nunca se llegó a concretar un movimiento iconoclasta como el de otros países. Esto, ni a un nivel práctico ni a uno teórico. Aquí, los manifestantes no pretendieron deconstruir el pasado por medio de la desacralización y destrucción de los varios monumentos históricos mexicanos que encarnan la idea de un pasado colonial o racista. Tampoco hubo ideólogos que se dieran a la tarea de reflexionar sobre las conexiones entre nuestra estatuaria y la pervivencia de la injusticia. (La lucha feminista contemporánea es un contraejemplo que debería discutirse –pero dejo tal tarea a plumas más versadas que la mía).

Teniendo en consideración la guerra –mundial– de las estatuas, habría que volver al caso de nuestro Cortés de Cuernavaca y al de las otras tantas esculturas mexicanas cuya relevancia actual podría y quizá debería discutirse. Aunado a ello, de 2019-2021, se conmemoran los quinientos años de uno de los momentos fundamentales de la historia de México: la Conquista (1519-1521). Esta efeméride solicita una reflexión no solamente acerca de las figuras históricas partícipes en la pugna (como Cortés), sino también acerca de las estatuas que, inspiradas en dichos personajes, han sido erigidas o destruidas, o están todavía por erigirse o destruirse.

¿Cuál es la cara de la iconoclasia mexicana? ¿Qué relación hemos mantenido los mexicanos con nuestra escultórica monumental a lo largo de nuestra turbulenta historia? ¿Deberíamos aprovechar las circunstancias presentes para reevaluar nuestro patrimonio más polémico –y doloroso? A continuación –y de manera no exhaustiva ni provocativa– presento una lista de algunas estatuas y monumentos mexicanos que poseen o han poseído un trasfondo incómodo para la susceptibilidad nacional y que, considero, podríamos incluir en el debate en torno a la iconoclasia contemporánea.

Un debate acerca de la iconoclasia mexicana debería tener un primer extenso capítulo que trate acerca de la destrucción de estatuas y monumentos prehispánicas por los conquistadores, los misioneros y los propios indios durante la conquista y la colonia. El ejemplo paradigmático es el Templo mayor en el centro de la Ciudad de México.

1. El Blasón de la conquista: Uno de los pocos remanentes de la escultórica urbana colonial es el Blasón de la Conquista. Este sobreviviente al iconoclasta siglo XIX mexicano fue colocado originalmente cerca de la Iglesia de San Judas Tadeo/ Templo de San Hipólito, en la actual Avenida Hidalgo, esquina con Calle Zarco. Conmemora el Paseo del Pendón, desfile y celebración que se realizaba cada 13 de agosto, para conmemorar la caída de México-Tenochtitlan (en 1521). La escultura tiene dos metros de alto y consiste en un escudo donde está retratado el tlatoani que enfrentó a Cortés: Moctezuma II. Es un símbolo del sojuzgamiento de un poderoso y de la victoria del conquistador –europeo– sobre el conquistado –americano. Pero, a la vez, es el recuerdo de que la víctima también fue un sanguinario tirano de otros pueblos de Mesoamérica. Como señalábamos: bajo la mirada inquisitiva del siglo XXI, muy pocos quedan impunes de los pecados de la historia.

Foto de Eliana Gilet, Sputnik


2. La estatua de “El caballito”: Estatua ecuestre del rey español Carlos IV, creada por Manuel Tolsá (1803) y apodada “El caballito” en el siglo XX. En su tiempo, fue alabada por Humboldt como una de las más majestuosas estatuas jamás antes hechas. A menos de una década del inicio de las guerras de independencia, es un símbolo del (debilitado) colonialismo español en tierras americanas. En 1821, fue amenazada por la iconoclasia independentista que quería fundirla para hacer cañones y monedas. Pero Lucas Alamán, viendo el peligro que corría la estatua, convenció a Guadalupe Victoria, primer presidente de México, de su valor estético. A Alamán –quien, dicho sea de paso, el presidente López Obrador recientemente sacó a colación respecto a la supuesta pugna entre conservadores y liberales en el México contemporáneo– debemos la preservación de “El caballito” a lo largo del turbulento siglo XIX. Para ejemplificar lo hercúleo de tal proeza, podríamos sacar a colación el hecho de que, en el siglo antepasado, inclusive se propuso derribar el majestuoso e icónico Sagrario Metropolitano para construir un nuevo edificio para el Congreso de la Unión, con estatuas de grandes oradores y parlamentarios mexicanos en vez de santos.

Después de más de un siglo de peregrinaje entre el centro de la Capital y el Paseo de la Reforma, “El caballito” fue colocado en su lugar actual: en la Plaza Manuel Tolsá, entre el Museo Nacional de Arte (MUNAL) y el Palacio de Minería. En el pedestal de la estatua –como un repelente contra presentes y futuros iconoclastas– se lee: “México la conserva como un monumento al arte”.



3. Monumento a Colón: Ubicado en la glorieta formada en la intersección del Paseo de la Reforma y la Avenida Morelos en la Ciudad de México. Diseñado por el francés Charles Cordier y comisionado por Maximiliano I de Habsburgo, segundo emperador de México. Debido a lo turbulento de las circunstancias, la estatua sólo fue colocada hasta 1871 (paradójicamente, diez años después del fusilamiento del monarca). Por ello, el Colón de Reforma no solamente encarna positivamente el legado de la colonia, haciendo del genovés un héroe nacional, sino también recuerda la imposición, más reciente, de un emperador austriaco en territorio mexicano. Sin embargo, por lo primero –antes que por lo segundo– la escultura sufrió daños infringidos por iconoclastas el 12 de octubre de 1992, día en que se conmemoró el quinto centenario del descubrimiento de América. Particularmente, a la escultura se la manchó con pintura de color rojo sangre.

4. Estatua de Diego de Mazariegos: Se ubicaba en San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Representaba al conquistador español que fundó San Cristóbal. Como en el caso del Colón de la Capital, fue víctima de la iconoclasia el 12 de octubre de 1992 –pero en una versión más radical. Ese día, alrededor de quince mil tsotsiles, tsetsales, tojolabales, ch’oles y zoques marcharon a San Cristóbal en protesta por quinientos años de colonialismo y despojo de los pueblos indígenas de México. Al final del recorrido, los indígenas derribaron la estatua de Mazariegos que se erguía en el centro de la ciudad. Dos años después, el movimiento zapatista brotaría del sureste mexicano, conformándose precisamente por los mismos grupos que sucumbieron a la iconoclasia contra Mazariegos. Muchos han visto el derribamiento de la efigie del conquistador como un preludio o pronóstico al movimiento armado del 94 por el EZLN.

Foto de Gaceta UNAM


5. Estatua de Miguel Alemán: Se ubicaba en la Ciudad Universitaria de la UNAM. Como en el caso de Mazariegos, también un aire de augurio rodea a la destrucción de la gigantesca estatua del presidente Miguel Alemán (1946-1952). La efigie fue dinamitada por un grupo de iconoclastas en 1966 –precisamente dos años antes del movimiento estudiantil del 68. Este fue el segundo intento de volar con TNT al Miguel Alemán de CU y el tercer atentado en su contra. La estatua la mandó erigir el mismo presidente en 1952 enfrente de la Rectoría de la recién creada Ciudad Universitaria. Aún cuando resultaba obvio el auto-homenaje detrás de la efigie, la placa conmemorativa en el pedestal versaba: “De los Universitarios de México a Miguel Alemán”. Se dice que los restos de la estatua –que tenía las señas físicas de un dictador, particularmente de Stalin– todavía pueden verse en algún lugar remoto del jardín botánico de CU.

Foto de Eduardo Verdugo, AP


6. Estatuas de Josip Broz “Tito” y de Heydar Aliyer: Hablando de dictadores, en la Ciudad de México, en el Paseo de la Reforma, dos estatuas han conmemorado a tiranos extranjeros del siglo XX. La primera, en pie desde 1987, celebra al dictador socialista yugoslavo Tito. Es la única efigie del personaje que se mantiene erguida en el mundo (fuera de su ciudad natal). La sección de la Avenida donde se ubica Tito lleva el paradójico nombre de el Corredor de los Hombres Universales. Al lado del yugoslavo, dicho corredor es protagonizado por Gandhi y Churchill –estatuas también acosadas hoy en día en sus respectivas naciones por el estigma del racismo de sus dobles de carne y hueso.

La segunda estatua de un dictador en el Paseo de la Reforma fue la de Heydar Aliyer. Tras una serie de protestas civiles, la efigie fue retirada en 2013, a escasos seis meses de su erección. La razón fue que conmemoraba a un dictador comunista que gobernó a mano dura la nación de Azerbaiyán por treinta años. La iconoclasia propia del gobierno de la Ciudad de México causó una polémica diplomática pues la financiación tanto de la escultura como de la remodelación de la plaza donde brevemente se posó el Aliyer mexicano –la Plaza Tlaxcoaque– corrieron a cargo del gobierno del país caucásico.

7. Dos estatuas de Cortés en la Ciudad de México: Las esculturas y representaciones plásticas del conquistador español Hernán Cortés quizá merezcan un capítulo aparte en la historia de la iconoclasia mexicana. La polémica en torno a la reproducción pública (e, incluso, privada) de Cortés fue, ha sido y será un tema perpetuamente contemporáneo: todo momento histórico parte de una posición ambigua respecto a la figura y su interpretación. Por ello, los Corteses que todavía se yerguen en la Ciudad de México –sitio de la Tenochtitlan que el modelo de carne y hueso asoló hace casi cinco siglos– lo hacen de manera discreta, como si temieran una iconoclasia fundada o infundada pero persistente.

Existe un modesto busto del conquistador (réplica del original esculpido por Manuel Tolsá cerca de 1800) dentro del Hospital de Jesús, en el Centro Histórico de la Ciudad. Fue colocado ahí por el presidente López Portillo –quien se autodefinía como “criollo”– en 1981 para conmemorar a Cortés como fundador de dicha institución. Con respecto a la original, fue, otra vez, Lucas Alamán, como con “El caballito”, el encargado de ocultar la efigie y los restos del mausoleo del conquistador ante una oleada de sentimiento anti-hispanista en 1823. El busto original ahora reposa en la Villa Pignatelli, en Nápoles, Italia.

En 1982, también bajo la iniciativa de López Portillo, se erigió una estatua nombrada “Monumento al mestizaje” y esculpida por Julián Martínez, en el centro de Coyoacán. La protagonizan Hernán Cortés y la Malinche, en el trasfondo, y el hijo de ambos, Martín Cortés, representado como un niño, en primer plano. En 1983, a sólo semanas de comenzada la presidencia de Miguel de la Madrid, la polémica estatua fue trasladada a un lugar menos visible de la ciudad: el jardín Xicoténcatl en Río Churubusco. Al acto de iconoclasia institucional, le siguió uno no-institucional: en 2006, significativamente, desapareció la efigie de Martín Cortés, símbolo del primer mestizo y, por ende, del primer mexicano.

Foto de Flickr


¿Qué puede aprenderse de este breve recuento de la iconoclasia y la polémica escultórica mexicana, particularmente teniendo en cuenta la reciente guerra de las estatuas que se desarrolla en otros países? Antes que nada, es un hecho que las condiciones históricas entre México y las naciones que ocupan la primera línea de la presente batalla –como Estados Unidos e Inglaterra– son radicalmente diferentes. Por eso, las reacciones hacia las estatuas –que tienden a ser las menos intelectualizadas y las mas afectivas– las separan abismos como los que van del rencor (sentido probablemente por excolonizados como en México) a la vergüenza (sentido probablemente por excolonizadores como en Inglaterra). Esta brecha se hace más patente cuando meditamos respecto a la conmemoración de fechas como el quinto centenario de la Conquista.

Pero la diferencia emocional respecto a las estatuas y el pasado que encierran no debe de impedirnos de aprovechar la oportunidad que otros han abierto para la reflexión. Creo que es tiempo de replantearnos mucho más que la pertinencia de ciertas esculturas en el panorama urbano de México: la dolida interpretación de la historia mexicana nos pide reexaminación. Porque quizá nuestra visión del pasado la pueda encarnar el Cortés de Cuernavaca: un constructo anacrónico rodeado de los cacharros oxidados y la maleza mal podada de nuestros propios prejuicios.

© El Umbral, 2020