La Aldea Metropolitana



Nos encontramos en una etapa crítica de la historia humana. Una en la que la meticulosa examinación de nuestros paradigmas y de nuestras creaciones es crucial si no queremos perecer como especie y de pasada llevarnos por las patas al ecosistema que habitamos.


El ex mandatario uruguayo, José Mújica, en su gran y valiente discurso ante el pleno de las Naciones Unidas, dijo que la nuestra era una sociedad sin ojos ni rumbo. Pero yo sostengo que por medio de la reflexión colectiva podemos aún desarrollar la capacidad de la vista, y con ella la de la conciencia.


Una de nuestras principales creaciones que demanda escrutinio es la de la ciudad. Actualmente el 50% de la población mundial vive en una metrópolis, y para el 2050 se estima que esta cifra llegará al 80%.


Con este conocimiento, y a la luz de las palabras del sociólogo Lewis Mumford, quien dijo que la ciudad es un hecho en la naturaleza –tal como un hormiguero o una cueva lo son–, debemos preguntarnos si el ‘hecho’ que habitamos, es decir la ciudad, es en esencia parasítica o simbiótica.


Viendo la cantidad de carbono y desperdicios que generamos día a día; viendo la ansiedad y el estrés que se propagan por la ciudad como una epidemia, me parece bastante razonable concluir que la naturaleza parasítica domina en las ciudades.

La cuestión, entonces, se vuelve: ¿Cómo replanteamos la ciudad para transformarla en un organismo que promueva el bienestar en sus habitantes y el balance con su entorno?

Me gustaría hacer algunas propuestas que podrán parecer idílicas, pero que a través de la voluntad humana son tan perfectamente concretables como cualquier creación que les precedería.


I.

Para sentar las bases de una ciudad armónica es importante desarrollar su ‘caminabilidad’, (término acuñado por el urbanista Jeff Speck).

Para que una ciudad sea verdaderamente caminable, un ciudadano promedio debería poder transitarla de un extremo a otro a pie (por supuesto, con la ayuda de transporte público) en un periodo breve de tiempo. La cualidad que debe enfatizarse aquí es la accesibilidad. La ciudad debe ser accesible a sus habitantes. Uno no debe sentir que está arriesgando su vida en autopistas de alta velocidad, o intuir que la está desperdiciando en calles embotelladas cada vez que se va al trabajo. Uno no debe sentirse disuadido por la suciedad, amenazado por coches que pasan zumbando a velocidades mortales a solo centímetros de la banqueta; arrinconado en un entorno que es físicamente hostil.

Uno debería sentirse protegido por su entorno; incentivado para explorarlo y para interactuar con él.


¿Cómo se logra esto? ¿Qué tendría que suceder para que ciudades como las nuestras se convirtiera en verdaderas aldeas metropolitanas?

Lo que propondría, antes que nada, es invertir grandes sumas en expandir la actual red de transporte subterráneo, para conectar toda la ciudad y volver cualquier punto accesible desde cualquier otro utilizando únicamente transporte público.

El empleo de tecnologías magnéticas en un proyecto como este reduciría el tiempo de tránsito significativamente, acortando la distancia mental que existe entre el hogar y el destino. Uno nunca se sentiría realmente lejos de casa y por lo tanto se apaciguaría esta inquietud inconsciente.


Sabemos que el automóvil es considerado una de las grandes aportaciones de la era industrial, sin embargo, a mí me parece una de las consecuencias más dañinas del individualismo extremo con que nos ha envenenado el capitalismo. Millones de conductores en todas las ciudades del mundo quieren llegar a su destino cada mañana y millones quieren regresar a su casa cada noche. El problema es que el coche promedio ocupa 4.7 metros de espacio a lo largo y es ocupado por una sola persona normalmente, mientras que un vagón de metro en la Ciudad de México mide 17 metros aproximadamente y puede acomodar a 40 pasajeros sentados. Es decir –en el mismo espacio– un vagón de metro podría transportar a 40 personas cómodamente, mientras que en ese mismo espacio (si somos realistas) un trío de automóviles estaría transportando tan sólo a tres.

¿Transportar a 40 personas, o transportar a 3?


Más aún, cada una de las personas que viajan en estos automóviles están interesados únicamente en llegar a su destino –que es casi siempre diferente al de los demás– y en el menor tiempo posible. Es por esto que, por más que se han invertido tiempo y recursos en tratar de solucionar el problema del tráfico, éste sigue empeorando alrededor del mundo, trayendo consigo niveles crecientes de estrés y una intensificada atmósfera de competitividad. El problema no es el tráfico: el problema son los coches.

A la luz de esto, me gustaría enlistar algunos medios de transporte público que podrían reemplazar adecuadamente al automóvil:


Para largas distancias una solida e interconectada red de metro, complementada con redes de autobuses y propuestas como la del Mexicable serían ideales. Por otro lado, para cortas distancias podemos seguir el ejemplo de servicios como el de Ecobici en la Ciudad de México, y otros basados en aplicaciones de celular como la propuesta de scooters eléctricos elaborada por Grin.


Al tener nuestras necesidades de transporte cubiertas por medios seguros y eficaces, el automóvil no tendría ya lugar en el paradigma humano. Por lo tanto, todas las calles serían reclamadas por los peatones. La ciudad ya no le pertenecería al coche sino al ser humano. Con esta oportunidad en las manos, las calles grises de asfalto podrían reemplazarse con verde pasto, con tierra, con árboles; dejando, quizás, caminos pavimentados para transeúntes y otros para bicicletas. El sonido de motores y cláxones sería reemplazado por el de la brisa, las ramas, los pájaros y los grillos.


La ciudad, entonces, se convertiría en un parque gigantesco, mejorando por mucho la calidad de vida de cada persona, y recordándole, con cada trayecto, su verdadero lugar en la naturaleza.


II.

Una vez sentadas las bases de la armonía podemos profundizar en el mejoramiento de la ciudad, enfocándonos en su cualidad estética. La sola presencia de lo bello es tranquilizadora, y la proximidad de la naturaleza puede mejorar notablemente nuestro estado de ánimo. Debemos preguntarnos, entonces, qué medidas podríamos adoptar para convertir a la ciudad en un lugar más bello, más acogedor; un lugar que pudiéramos considerar como una extensión de nuestro hogar.


Primero que nada propondría limitar la amplitud de las calles. Esta preocupación emana de un antiguo miedo engranado en el corazón de todo ser humano: en un espacio muy abierto nos sentimos vulnerables ante el ataque de un depredador, nos sentimos desnudos. En un espacio muy angosto, por otro lado, nos sentimos encerrados, pues en el caso de un ataque predatorio nuestra movilidad se vería limitada. Aunque estos miedos primordiales son completamente irracionales juegan un papel importante en nuestra tranquilidad psicológica. Es por esto que un paseo por las calles de París, o en las de San Ángel, es mucho más placentero y relajante que uno junto al Periférico.


Tomando esto en consideración, reitero que habría que limitar los tamaños de las calles. Pero no veamos esto como un fastidio, veámoslo como una oportunidad: En las grandes avenidas se podrían construir casas para los más necesitados, podrían crearse huertos comunales, podríamos plantar arboles para crear separaciones o incluso formar pequeños bosques y palmares intra-urbanos. (Le recuerdo al lector que los árboles en la ciudad ayudan a regular temperaturas, proveen sombra, mejoran la calidad del aire y traen consigo el hermoso cantar de las aves que duermen en sus copas.) Además, estas opciones harían una caminata al trabajo mucho más disfrutable.


Una vez que el contorno físico de la ciudad sea de proporciones adecuadas propondría crear un comité de estética urbana. Éste estaría encargado de hacer que la ciudad fuera lo mas bella posible y tendría recursos sustanciales. Un organismo como este ya existe en varias ciudades de Estados Unidos. El Art in Public Spaces Program (Programa del Arte en los Espacios Públicos) que hay en la histórica Culver City de Los Ángeles ha embellecido la ciudad con una serie de esculturas, pinturas, fuentes, jardines y hasta kinescopios que le dan toda una nueva dimensión a sus calles. Yo procuraría seguir los pasos de este programa e incluso ampliar sus funciones para llenar nuestra aldea con una renovada vitalidad que juegue con todos nuestros sentidos y vuelva la ciudad un espacio con el que se interactúa. Bañar el panorama nocturno con luces decorativas, generar iniciativas de arte urbano, e incluso, remodelar edificios cuya belleza haya caducado son algunas medidas de las que podría encargarse un comité como este. Además, las nuevas edificaciones en la ciudad tendrían que cumplir con un estándar estético para ser aprobados.


También propondría prohibir la publicidad ya que es la principal fuente de contaminación visual en el paisaje metropolitano, prostituyendo los bellos muros de nuestra ciudad para alimentarnos con mensajes subliminales, patrocinados por grandes corporaciones que distan de tener nuestros mejores intereses en mente.


Esto aliviaría el panorama de gran parte del ruido visual que le oprime. Propondría conservar únicamente una pequeña cantidad de los espacios publicitarios existentes y permitir sólo la promoción de eventos culturales en éstos. Como complemento a esto, convendría invertir en infraestructura subterránea y así librar el entorno visible de los negros cables que enturbian la ciudad.


Aunque estas propuestas podrán parecer superfluas, soy de la idea de que la pobreza nace a partir de las pobres condiciones de vida. Por más limitados que puedan verse los recursos de alguien, su entorno, su hábitat, le puede dar la sensación de riqueza. A mi parecer, es importante tener las vidas de los mas necesitados en mente cuando diseñamos un proyecto como este, pues son muchas las personas que dormirán en las calles que diseñaremos, y le pregunto a usted, lector: si se encontrara en una situación como ésta, preferiría dormir en concreto, al lado de una autopista por la que pasan coches constantemente? O preferiría dormir en una cama de pasto, cobijado por el silencio de la noche? Estando en una situación como ésta, no le gustaría que las calles tuvieran árboles de donde pudiera tomar frutas para comerse?

Es por esto que pongo tanto énfasis en generar un entorno armónico, un núcleo de paz, un verdadero hogar para el ser-humano, no el tumor inconsciente en el que hemos permitido que se convierta la ciudad.



III.

Tenemos en nuestras manos ya una ciudad hipotética, diseñada para maximizar el bienestar de sus residentes y promover un estado de balance. Pero falta algo más… la cohesión. ¿Cómo logramos que una ciudad fragmentada reconcilie sus partes? ¿Cómo superamos el miedo al otro? Mi propuesta es fomentar la unión local de diversas maneras; hacer que la gente salga a las calles, que se conozcan unos a otros.


Para esto deberíamos comenzar preparando el escenario, construyendo ya sea parques locales, ágoras o plazas donde pueda concentrarse la actividad social de una determinada zona de la ciudad. Debería de haber muchos de estos parques/plazas, de tal manera, que cualquier habitante de la aldea pueda llegar caminando al que le quede más cerca.

Además de esto, el desarrollo de escuelas locales podría estimularse, volviendo así el círculo social de uno físicamente próximo. Uno no tendría que cruzar media ciudad para ver a un amigo y se restablecerían –aunque de diferente manera– los lazos tribales; esto es, muchos vínculos emocionales intensos interrelacionándose dentro de un área reducida. Las comunidades locales serían potenciadas, recuperando su vínculo con el entorno inmediato, con el otro. La ciudad ya no sería alienante sino incluyente. Más aún, en la medida en que incrementen la cantidad de comunidades unidas habría cada vez menor necesidad de depender de un poder centralizado: la gente unida se vuelve más poderosa.


Ahora que se ha alistado el escenario podemos introducir un catalizador que incite la reacción química que enlazará emocionalmente a los habitantes de nuestro gran experimento y ¿qué mejores catalizadores ha confabulado el humano que el alcohol y que el arte? Ahora bien, no estoy proponiendo fomentar el alcoholismo, pero cualquier lector que haya visto la vida con la que esta cristalina sustancia ha podido dotar las calles de Paris estará de acuerdo con que este mágico líquido puede hacer maravillas vinculando a la gente y disolviendo las inhibiciones.

Por esta razón propondría legalizar el consumo de alcohol en las calles.

Como he mencionado, el arte también serviría para potenciar la catálisis. Hay varias formas de llevar esto a cabo. Me gustaría proponer algunas.


Hace algunos años mi madre trabajo en el área de cultura del ISSSTE. Cuando estuvo ahí promovió una iniciativa llamada Jueves de Leyenda. Consistía en teatralizar leyendas populares mexicanas como La llorona o La isla de las muñecas y presentarlas en colonias con altos indicios de violencia los jueves por la noche. Yo asistí a varias, y la única vibra que percibí fue un aire de tranquilidad pueblerina, de encanto y de asombro. Más tarde mi mamá me contó que esos días los crímenes reportados reducían drásticamente.

Más allá de afiliaciones personales, me parece cautivante la forma en que el arte y la cultura pueden influir positivamente en una comunidad. Por esto propondría proyectos similares al Jueves de leyenda. Otras opciones podrían ser el impulso a salas de cine locales por medio de subsidios, el fomento de bibliotecas y centros culturales de carácter similar al Rosario Castellanos de la colonia Condesa, proyecciones de películas al aire libre, fogatadas y pláticas interesantes patrocinadas por nuestros impuestos.

Para aquellos que se hayan interesado por los conceptos de este ensayo, he creado un Instagram en el que se han recopilado varias imágenes para darles una idea de cómo se vería una Aldea Metropolitana. Lo pueden encontrar buscando metropolitan.village en dicha red, o bien en la siguiente liga: https://www.instagram.com/metropolitan.village/


© El Umbral, 2020