La curiosa amistad del mexicano y la muerte

Por Paulina Santamarina.


A mí las calaveras me pelan los dientes. La muerte es flaca y no ha podido conmigo. De un jalón hasta el panteón. Al diablo la muerte, mientras la vida nos dure. Ya enflacó y no es por pobre. Se lo llevó la flaca al baile.

En México, escuchar alguno de estos refranes con expresiones tan mundanas con respecto a la muerte, no es algo extraño. Si bien, la única verdad constante en todas las culturas del mundo es la muerte segura, sin embargo, la percepción que se tiene de la misma, el imaginario colectivo formado alrededor de la idea de morir se expresa de distintas formas y evoluciona como parte del complejo psicológico – social de un grupo determinado.

La idiosincrasia que construyó el mexicano alrededor de la muerte es un fenómeno que ha sido estudiado a nivel internacional debido a su peculiaridad extravagante, puesto que, como en ningún otro lugar, México constituye una relación amistosa y juguetona con la muerte. Como resultado de un proceso histórico complejo, de la hibridación entre culturas antagónicas y de la multietnicidad en el territorio, el mexicano le hace frente a la muerte y la convive como parte de su cotidianeidad, al punto de referirse a ella como la calaca, la huesuda, e incluso, la comadre. Esta personificación tan singular, no solamente ha forjado una actitud retadora, satírica y burlona en el mexicano cuando respecta a la muerte, sino que también ha modificado, en general, su forma de enfrentar y vivir la vida.

Para poder comprender a profundidad esta relación, es necesario hacer un recuento histórico y así, rastrear sus raíces. Comenzando por el México prehispánico y tomando como referencia la cosmovisión náhuatl (puesto que constituía gran parte de las creencias precolombinas), el concepto de la muerte era muy distinto al que se tiene hoy en día. Ésta no era angustiante ni temida, al contrario, la muerte era para ellos el germen de la vida. La mitología náhuatl explica que Quetzalcóatl, el dios de la vida, se sacrificó para crear al hombre. De la misma manera, el hombre debería sacrificarse para ser alimento de los dioses y así preservar la fuerza vital del mundo. Por medio de la ofrenda de chalchihuatl, es decir, la sangre obtenida a partir de los sacrificios, el sol seguiría apareciendo todos los días.

Entonces, la muerte no era algo trágico, se percibía como algo vital puesto que tenía un propósito y una trascendencia. Incluso, más que preocuparse por la terminación de la vida, le daban mucho mayor relevancia a la forma en que uno partiera de la vida terrenal. La tradición náhuatl creía que existían lugares distintos a los cuales podía llegar el ánima dependiendo del tipo de muerte que hubiera padecido. Las muertes más aclamadas o privilegiadas eran para aquéllos que morían en el campo de batalla o en la piedra del sacrificio, éstos trascendían a Tonatiuhichan, “La Casa del Sol”. Las muertes por tempestad, les aguardaba Tlalocan. Aquéllos habrían sido elegidos por Tlaloc, el dios de la lluvia, para pasar el resto de sus días en el mas allá a su lado. A las mujeres que morían durante el parto se les consideraba guerreras, éstas terminarían en Cihuatlampa, “la habitación de las mujeres”. Quizá la única muerte que podría haber generado una mayor angustia por su falta de sentido era la muerte natural. Éstos terminarían en Mictlán, una región sombría donde pasarían duras pruebas y permanecerían por cuatro años hasta diluirse.

La muerte y la vida no eran extremos de una línea recta, sino dos puntos de un círculo en movimiento. Toda vida conduce a la muerte y toda muerte conduce a la vida, a la preservación de la fuerza vital del mundo. Así, además de vivir despreocupados por la ausencia de un fin determinante y último, éstos aceptaron la desgracia y el sufrimiento como parte natural de la vida, ya que, la divinidad rival de Quetzalcóatl era Tezcatlipoca. Éste era el dios relacionado a la muerte, la maldad y la destrucción. Ambos, estarían en guerra desde el inicio de los tiempos como parte del equilibrio necesario entre la vida y la muerte. Tezcatlipoca era quien le recordaba al hombre que no era dueño de su destino, era la personificación de la angustia de vivir. Así, en muchas ocasiones la vida sería una fatalidad y la muerte llegaría como una glorificación. En palabras de Westheim (1983):

El mito mexicano, que no conoce el infierno, que no aplaza el castigo del pecador para después de la muerte, expone al hombre a la inseguridad llamada Tezcatlipoca. Siempre, en cualquier momento debe estar preparado para que el destino le aplaste (…) Con esta certidumbre, el hombre del México prehispánico venció a la muerte o, por lo menos, le quitó su aguijón. (P. Westheim, La calavera, pp. 39 – 40)

No fue hasta 1519, con la Conquista española, que esta veneración a la muerte se terminaría. Contrario a las civilizaciones del México prehispánico, para el europeo la muerte era un tabú, un fenómeno temible y desagradable del cual no se hablaba. Durante este periodo iniciaría el enfrentamiento característico de la historia de México, donde perfilan dos culturas antagónicas, una dominante que intenta imponerse sobre los significados de la vida cotidiana y otra que intenta resistirse a esta dominación.

La imposición de la forma de vida europea y de la religión cristiana, provocó en las antiguas civilizaciones lo que Alexander Jeffrey (2016) denomina trauma cultural colectivo, donde un grupo, a partir de un evento traumático, sucumbe a procesos de transformación y de reconstrucción de significados en el ámbito cultural, social e histórico como resultado de dicho evento. Más que las muertes físicas que dejó la conquista, los pueblos prehispánicos lloraban la muerte de su cultura y de sus dioses, de tal manera que, irónicamente, murió su muerte. Ésta perdió su sentido épico y glorificador. Con la pérdida de los dioses, el acto de morir perdió su importancia y significado.

Sin embargo, a manera de resistencia a la cosmovisión europea, el mexicano no sucumbió por completo al temor. Debido a que ya no se halagaba a la muerte, ésta perdió toda relevancia y, por ende, todo respeto. Como mecanismo de defensa ante el trauma cultural y a esta nueva sumisión a la muerte, los conquistados tomaron una postura retadora frente a ésta. Modificaron la significación que le acompañaba, tratando de disminuir y restar su impacto al ironizarla, burlarla y referirse a ella de tú.

Este nuevo trato, resultado del sincretismo entre culturas, se consolidó especialmente a finales del siglo XIX y principios del XX, durante la transición política y social que implicó la Revolución Mexicana. Este periodo fue crucial para la constitución de la idiosincrasia mexicana puesto que se empezaba a construir la identidad propia del mexicano como mezcla de culturas y por la influencia de diversos artistas e intelectuales cuyos trabajos permitieron consolidar este imaginario con respecto a la muerte. De entre estos personajes, es vital mencionar a José Guadalupe Posada (1852 – 1913).

Posada fue un famoso grabador mexicano al cual se le reconoce y admira por retratar a la cultura popular mexicana por medio de la personificación de la muerte en sus calaveras. Los personajes de Posada eran satíricos, burlones y juguetones, utilizaba a la muerte en imágenes donde bailaba, se vestía elegante e iba de fiesta junto con los vivos. Además de reforzar este imaginario, Posada utilizó a sus calaveras de forma irónica para en parte hacer una crítica a las élites que aún imitaban el estilo europeo (vestía a sus calaveras con prendas típicas de la clase alta mexicana) y para denunciar los problemas con relación a la tierra, el despojo de los campesinos y la explotación de la clase obrera durante el Porfiriato (por medio de la ilustración de las prácticas populares). Así, la calavera de Posada, que después se conocería como la Catrina, es en realidad una personificación de la razón fría y elegante del europeo y la afectividad apasionada del indígena.

Así mismo, esta hibridación y relación amistosa con la muerte se ve claramente reflejada en una de las tradiciones más importantes de México, el Día de Muertos. Esta celebración es el resultado del mestizaje y es un reflejo claro de la apertura que posee el mexicano con la muerte, ya que la tradición consiste en la creencia de que, el 2 de noviembre, los espíritus de los familiares difuntos regresan al mundo de los vivos para convivir con su familia y consolarlos por la pérdida. La simple idea de invitar a la muerte a pasearse con los vivos, de abrirle las puertas a la casa y compartir con ella comida y bebida en forma de celebración, es una manifestación sumamente colorida del trato amistoso que tiene con ella.

La muerte en México, que nace a partir de símbolos cristianos y precolombinos, no es un fenómeno oscuro y destructor, es una presencia viva y cercana con la cual puede convivir, bailar, burlarse y compartir.

Ahora, como reflexión adicional, a pesar del carácter cotidiano que significa la muerte en México, no pude evitar preguntarme si esta relación podría cambiar a partir de la situación actual. La pandemia por COVID – 19 ha expuesto al mexicano a una forma completamente nueva de contemplar la muerte. Esta es una amenaza constante, que no sabe de clases ni castas y que incluso presenta un fenómeno impactante con el que no nos habíamos enfrentado antes, el hecho de que incluso tras haber muerto, uno puede seguir siendo un peligro para los vivos. Un cuerpo inerte, pero, aun así, fuente activa de contagio. Los rituales funerarios se han truncado, los familiares ya no pueden velar a sus difuntos y la muerte ha perdido su posibilidad de convivencia puesto que se ha tornado contagiosa. Quizá la pandemia será el siguiente trauma cultural colectivo que transformará la manera en que coexistimos con la idea de la muerte. ¿Le temeremos más? ¿Se perderán tradiciones? ¿Seguiremos nombrándola en nuestros refranes? ¿Qué será de la huesuda, en las siguientes generaciones?

© El Umbral, 2020