La Identidad del Mexicano


Hace unos meses le pregunte a un amigo que es psicólogo: ¿de dónde crees que viene todo el caos que hay en México actualmente? Y me contestó que él creía que provenía del hecho que la identidad del mexicano es inestable.

Cuando me dijo esto, naturalmente me puse a preguntarme a mí mismo, ¿qué significa ser Mexicano?, y cuando no encontré una respuesta que me saciara comencé a preguntarle a los demás.


Mi abuelo me dijo que para él, ser Mexicano significaba ser parte de un país con lugares naturales bellísimos, con una cultura muy rica e interesante, y con una herencia histórica admirable. Mi mamá por otro lado me dijo que para ella para ella, la identidad mexicana—eso que nos une del Atlántico al Pacífico, y de los Estados Unidos a Guatemala—tiene mucho que ver con la comida, con el futbol, la familia, la cortesía y el sentido del humor.

También le pregunte a otros amigos y familiares, pero éstas para mí fueron las más memorables respuestas. Y tengo que admitir que como joven mexicano me identifico con muchos de estos elementos: me identifico con mi historia, y estoy orgulloso de tener una herencia indígena, me identifico con la belleza de mi país, con la huasteca Potosína, con las costas y mares, con los bosques, selvas, y desiertos. Me identifico también con la belleza arquitectónica y cultural que tiene mi país: con la explanada de la UNAM, con el cine de la época de oro, las casas coloniales del centro histórico, las pirámides de Calakmul en Campeche, el museo de Antropología, las casas de las Brisas en Acapulco, con los grandes intelectuales, escritores y políticos, y con miles de otras joyas culturales.


Y quién podría olvidar la gastronomía mexicana que son siempre fértil terreno para platicar con amigos y con extraños a la vez. Y quién podría olvidar también la cortesía y amabilidad que son características del mexicano, que nos unen de alguna forma—como la práctica de Xenía solía unir a los Griegos antaño—o el característico y chusco sentido del humor que disuelve las barreras entre un taxista y su cliente inmediatamente.

Tras hacer estas reflexiones me pregunté cómo podía creer mi amigo que la identidad mexicana era inestable, si habían tantas cosas con las que yo me identificaba. Pero creo que entiendo lo que dice. Porque mirando de cerca muchas cosas que no habíamos visto salen a la luz.


Por un lado, la gente mexicana de mi generación—la ‘generación zeta’—ya no esta tan conectada a sus raíces culturales como lo estaban nuestros padres y abuelos. Me di cuenta de esto cuando vi que mis amigos nunca habían visto una película de Pedro Infante o de Jorge Negrete. Los invite a ver una a mi casa y puedo decir con seguridad que les encantó. Les encantó tanto que estuvieron recitando la famosa pelea de Dos Tipos de Cuidado durante semanas. Pero la triste realidad es que estas joyas de nuestro pasado: estos elementos que están enterrados como fósiles en el psique mexicano y que ruegan brillantes salir a la luz para colorear nuestro presente no han sido descubiertas por nuestra generación. Y esto se debe por un lado a que la cultura estadounidense es la que domina en plataformas como Netflix o YouTube, y en la música y en las películas que vemos hoy en día. Por otro lado se debe a que la educación en México no le da suficiente prioridad a nuestra cultura. Habiendo completado una educación en el sistema SEP, y prepa UNAM, puedo decir que en ningún momento nos pusieron una película de Pedro Infante, nunca nadie nos dijo quiénes eran María Felix o Pedro Infante o Carlos Monsivais.


Otro problema que se vuelve aparente cuando miramos de cerca (o más bien de lejos) a nuestro país es que la identidad de México no esta integrada. En efecto, vivimos en un país con desorden de personalidad multiple. Vivimos en un México que no es uno, sino dos Méxicos. Hay un México pobre y un México rico; un México fresa y un México naco. Estos dos lados de nuestro país, a los que se les han dado muchos nombres y sobrenombres, nunca han podido integrarse del todo; y este no es un problema nuevo, sino un problema que viene desde la conquista: la triste realidad es que el México indígena y el México español nunca se han podido integrar del todo.


Y claro que estos dos ya no son los únicos grupos étnicos de México, pues han venido migrando personas de cientos de países diferentes: han venido libaneses, argentinos, coreanos, palestinos, chinos, estadounidenses, venezolanos, haitianos, y un sin fin de otras nacionalidades que también incluyen a los españoles que vinieron a México buscando asilo durante el Franquismo, quienes a diferencia de sus antepasados venían en son de paz. Pero a pesar de la grata llegada de todos estos grupos, su arribo no ha logrado transformar la dinámica entre los dos Méxicos. En vez, y sin saberlo, se han vuelto ellos mismos jugadores en este estado de animosidad.


Y aunque tengo confianza que en el futuro esta frontera emocional se disolverá, dando pie a un solo México, por el momento parece que la globalización tan solo vuelve la brecha más grande. El México adinerado adopta cada vez más las tendencias culturales de los estados unidos, vistiendo modas, escuchando canciones, y viendo películas de otros países. Esto es cada vez más alienante para el Mexico sin dinero, pues cada vez se reconoce a sí mismo menos en su compatriota: cada vez le es más extraño.


Pero no todo esta mal. Estas son tan solo más razones para que los artistas, educadores, escritores y creadores de nuestra generación luchen por conectarnos con nuestras raíces.

© El Umbral, 2020