¿Por qué en México no existe el bullying?

Por Ana Cristina Sosa.


El término bullying es un término prestado del inglés, el cual no tiene una traducción fiel al español y aunque, la mayoría de los expertos lo utilizan para nombrar el “acoso” y “la intimidación entre pares dentro del ámbito escolar”, lo cierto es que ha sido un término que ha sido utilizado con diferentes acepciones y connotaciones, tanto lingüísticamente como conceptualmente a lo largo de los años.


El tema del acoso escolar, lo que hoy en día denominamos bullying, no había tenido un especial tratamiento sino hasta principios de la década de los 70’s. Fue a partir de ese momento en que se realizaron diversos esfuerzos para su estudio sistemático.

Dichos estudios se remontan por vez primera en Escandinavia, hasta que, a finales de la década de los 80’s y principios de los 90’s, el fenómeno del acoso escolar atrajo no sólo la atención pública sino también, la investigación en otros países, tales como Japón, Inglaterra, Países Bajos, Canadá, Estados Unidos y Australia.[1]

En el libro de Dan Olweus Conductas de acoso y amenaza entre escolares, una de sus principales obras dedicadas al bullying. Considerado el pionero en su estudio, el psicólogo y profesor de investigación por la Universidad de Bergen (Noruega), hace de nuestro conocimiento, las primeras acepciones y definiciones que se tuvieron a considerar en los primeros estudios sobre dicho fenómeno.


En su origen la palabra escandinava se denominó como “mobbing” (en Noruega y Dinamarca) o “mobbning” (en Suecia y Finlandia) siendo ésta su raíz inglesa original “mob” que hace referencia para describir a “un grupo grande y anónimo de personas que se dedican al asedio”. [2] Este término también fue empleado para denominar tanto a una persona que se dice, “atormenta, hostiga o molesta a otra” (relación entre la víctima y el victimario), así como también, hacia referencias tanto al entorno social tanto como a los participantes (observadores) donde se desencadenaban dichos actos de violencia y poder entre estudiantes. El término refiere, así, también, a las “amenazas y acoso entre escolares tanto en una situación en la que un individuo particular hostiga a otro o bien, aquella en la que el responsable de la agresión es todo un grupo”.[3]


En los países de habla hispana a este término se le ha traducido comúnmente como “acoso escolar”, maltrato o intimidación entre el alumnado y la violencia entre pares.[4]

Lo cierto es que si bien en México no se le ha dado un mayor tratamiento a este fenómeno tanto dentro de la academia como fuera de ella; en nuestro país hablar de bullying implica mucho más que un mero concepto del acoso.


En México tenemos una gran problemática estructural de normalización de la violencia, lo cual hace difícil que procesemos un concepto de gran importancia como este.

Si preguntásemos ¿qué es la violencia? seguramente, lo primero que vendría a nuestra mente sería la violencia física. Sin embargo, ésta sólo constituye uno de los muchos tipos de violencia que pueden existir, no ya, únicamente por el medio en el que acontece (contexto social) sino por la forma de ejercerse también (física, verbal, psicológica, etc.)


En México sólo puede existir el bullying si se le llama por su verdadero nombre: violencia.

Ciertamente, tenemos una concepción restringida de lo que es la violencia, ya que no existe una definición ampliamente aceptada dentro de su estudio, la mayor parte de las veces nos vemos obligados a hablar en su forma particular. Hablamos de la violencia en pareja, de violencia intrafamiliar, violencia de género, hablamos del acoso escolar o cyber bullying para diferenciar el espacio en donde ésta se desarrolla; hablamos de violencia física, de violencia psicológica, de violencia verbal, etc. pero, al fin y al cabo, todas éstas son diversas formas en que se ésta se ejerce. Pretender normalizar dichos comportamientos o desdeñar su importancia tanto como su gravedad, sólo ayuda a perpetuar una cultura de la que es imposible seguir manteniendo ciertas concepciones erróneas e ideologías insostenibles sobre las que la violencia se fundamenta. Este hecho lo podemos ver reflejado en actos de abuso y discriminación que ocurren en la vida cotidiana por el simple hecho de discriminar a otro ya sea por su aspecto físico, su nivel socioeconómico, hasta sus preferencias u orientaciones sexuales. De aquí que se hable de machismo, clasismo, racismo, xenofobia, homofobia, entre otros.


En México existe un concepto que puede ayudarnos a desvelar esta problemática interna respecto de la violencia. Hablemos así, de la famosa carrilla mexicana.

A pesar de que en el diccionario de la Real Academia Española no podemos encontrar un significado al término “carrilla” o bien, “hacer carrilla”. En México dicho término se utiliza para describir precisamente los actos de acoso y abuso que pueden suscitarse no única y exclusivamente en las aulas, sino prácticamente en cualquier contexto, y aunque pretenden mantenerse como actos, aparentemente “no malintencionados”, éstos pueden ir desde las bromas pesadas, las burlas o las bromas hirientes; hasta incurrir, en niveles más severos donde quienes lo padecen pueden ser afectados de forma tanto física como psicológica.

Si bien no todo “acto de acoso” puede encajar en el término de bullying. Ya que algunos expertos disocian entre la violencia escolar y el acoso. Una cosa sí es cierta:

El nivel de normalización que la violencia ejerce sobre nuestra cultura se encuentra tan naturalizado e implícito en la vida cotidiana, que inclusive, suele pasar desapercibido no sólo por los propios estudiantes, sino también por los propios maestros, padres de familia, así como, en consecuencia, por los mismos directivos de algunas instituciones educativas.

Se suele pensar que, el propio acto de “ir a la escuela” conlleva ya en sí mismo una experiencia donde lo “natural” consiste precisamente en enfrentarse a condiciones de violencia, abuso y maltrato (muchas veces proveniente de los propios profesores u otros miembros pertenecientes a dicha institución) y que justamente, esa experiencia les servirá para forjar un “carácter” y así prepararlos para un futuro y desempeño en otros ámbitos. Por lo que, se considera también que los niños y adolescentes deben aprender a “defenderse” de dichas experiencias.[5] Nada más lejos de la realidad. Los estudios que se han arrojado sobre el fenómeno del acoso es colar han tenido consecuencias tan bastas como peligrosas. Tales como: la baja autoestima, el ausentismo escolar, la disminución del rendimiento escolar, el involucramiento en acciones violentas, el uso lúdico de sustancias nocivas, así como repercusiones en la salud física y mental, entre otras. Inclusive para algunos niños y adolescentes se ha visto cómo el acoso escolar produce enfermedades psicosomáticas, así como el desencadenamiento de ideas suicidas e incluso, en algunos casos, llegar a efectuarlo.[6]


Ahora bien, el problema como ya se mencionó, no sólo tiene que ver con que ciertos actos violentos sean normalizados, o que se hallen inmersos en una determinada cultura o forma de pensamiento. El problema radica también, en que la propia concepción de la violencia ha sido invisibilizada.


Para ejemplificar esto, a continuación, mostraré uno de los esfuerzos que se realizaron por el Instituto Politécnico Nacional (IPN) para alertar y combatir la violencia de pareja entre jóvenes.


En 2007 se creó el Programa Institucional de Gestión con Perspectiva de Género, para combatir y alertar de manera eficaz y didáctica a la población (no sólo estudiantil) sobre la violencia de género.


Este proyecto fue llevado a cabo a partir del año 2009 y consistió en exponer de manera gráfica las diversas formas en que se ejerce la violencia y cómo éstas pueden ir escalando poco a poco, hasta incurrir en el daño físico. Esta medida visual, ayuda a desenmascarar prácticas cotidianas que muchas veces son consideradas como “normales” por formar parte de la vida cotidiana y, por esto mismo, se desconocen como actos de violencia y desafortunadamente, muchas de éstas son pasadas por alto.


Es entonces como se crea el Violentómetro: una herramienta útil, que permite a cualquier persona estar alerta y capacitada para detectar diferentes tipos de prácticas que, como se muestra en el gráfico pueden ir escalando desde las bromas hirientes, hasta el asesinato.

Como podemos apreciar en la imagen, muchas de estas prácticas no físicas, en la vida cotidiana, tales como: el chantaje, el mentir o engañar, el ignorar, culpabilizar, descalificar, ridiculizar, humillar, intimidar o controlar no son fácilmente perceptibles, y, en la mayoría de los casos, ni si quiera son considerados como actos de violencia. Sin embargo, sin importar el acto o el nivel de incidencia, son igualmente peligrosos y se requiere tanto de su conocimiento como de una consciencia social al respecto para que, de esta manera se pueda detectar a tiempo y evitar que este tipo de violencias escalen hasta el punto en que atenten contra la vida de un individuo.



Ahora bien, en el caso de esta imagen es importante aclarar, y sobre todo respecto de la violencia no física, que el grado de violencia que se muestra por niveles está diseñado para alertar a la víctima, más no significa que el acto en sí mismo carezca de importancia o gravedad. El hecho de que se muestre lo progresivo de dicha escala, es justo porque en muchas de las relaciones de pareja, (y aquí podemos decir que, en realidad, en cualquier tipo de relación interpersonal) suele manifestarse más o menos por “etapas”, lo cual no quiere decir que necesariamente sigan un orden específico o que los primeros niveles sean inferiores a los posteriores, como si de nivel de importancia se tratasen.


Teniendo en claro esto, podemos, ahora sí, desmitificar lo que el sentido común suele referirnos respecto del concepto de violencia. No sólo existe el acoso escolar, sino múltiples maneras de agredir a otro, sin necesariamente violentarle físicamente.


Decir que el bullying carece de relevancia, o que no implica violencia (en cualquiera de sus formas) es una forma de seguir invisibilizando problemáticas actuales a las que prácticamente cualquier persona, sin importar edad, condición o género, puede llegar a padecer en cualquier contexto social.


Los datos alarmantes de homicidios, suicidios o en casos de violencia de género como lo son los feminicidios, (entre otros) que hoy en día existen en nuestro país, no son más que la respuesta a una problemática mayor que reside y que ha persistido a través del refuerzo de ciertas ideologías y/o estructuras de pensamiento, así como su aceptación e integración dentro de la cultura que la integra y la resignifica. Si a esto, le sumamos, como acabamos de mencionar, la gran desinformación e inconciencia que existe respecto a los diversos tipos de violencia (dada la costumbre o “normalidad” que se les atribuye) es evidente que no se hace más que perpetuarla, y sin quererlo, ser parte de la problemática que tantos esfuerzos requiere para ser mitigada.


En México requerimos no más de un término como bullying para hacer visible lo que se ha invisibilizado, requerimos de educación y conciencia para cambiar nuestra situación actual.

[1] Olweus, Dan, Conductas de acoso y amenaza entre escolares, Edit. Morata, Madrid, España, 2004, p. 17.

[2] Ibid. p. 24

[3] Ibidem

[4] Dzoara; Frías, Sonia M., Acoso escolar en México: actores involucrados y sus características, Revista Latinoamericana de Estudios Educativos, México, vol. XLIV, núm. 4, 2014, p. 14.

[5] Ibid. pp.14-15

[6] Ibid. P. 15.

© El Umbral, 2020