¿Qué hacer frente a la disolución del patrimonio?

Por Miguel Vázquez Angeles.


En días recientes la opinión pública se estremeció ante la noticia de recortes presupuestales a instituciones a nivel federal. Como respuesta a la crisis económica derivada de la pandemia de la COVID-19, y como parte de un paquete de medidas de austeridad implementadas por el gobierno federal, un recorte del 75% del presupuesto fue anunciado tanto para el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) como para la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP). Una actitud reflexiva nos merece tal situación.

Ambas instituciones se dedican a la preservación del patrimonio de la nación, pero: ¿qué es el patrimonio? Hablar de patrimonio es problemático en sí mismo, debido a que ha sido un concepto dinámico, es decir, este se ha ido adecuando históricamente a los intereses concretos de su tiempo. Sin embargo, para poder partir de un terreno común, se puede pensar al patrimonio como aquel conjunto de bienes que un grupo social reconoce como propios.

Debido a la manera en la que vemos el mundo, al interior de este conjunto de bienes existe una distinción clave: el patrimonio cultural y el patrimonio natural. El patrimonio cultural corresponde a todos aquellos rasgos culturales, tangibles e intangibles, que un grupo considera como suyos y que le permiten distinguirse de otros. Estos les otorgan a los individuos que forman parte de ese grupo una forma de ser y de actuar en el mundo. Por otra parte, el patrimonio natural corresponde a los recursos naturales que se encuentran al interior de un territorio que un grupo social reivindique como propio. Bajo estas consideraciones, el patrimonio se entiende como inherente a cualquier grupo social.

En el caso de México específicamente, al INAH le corresponde parte del resguardo del patrimonio cultural, debido a que es la institución encargada de investigar, conservar y difundir el patrimonio arqueológico, antropológico, histórico y paleontológico de la nación. La intención del INAH es fortalecer la identidad y memoria de la sociedad mexicana. Por su parte, la CONANP es la institución a cargo de la conservación del patrimonio natural de México. La CONANP administra 182 áreas naturales protegidas, que son espacios marinos y terrestres que resguardan una gran variedad de seres vivos y ambientes muy importantes para la conservación y el manejo sustentable de la biodiversidad. El objetivo de la CONANP es conciliar las metas de la conservación ambiental con el bienestar y los intereses de los pobladores y usuarios de las áreas naturales protegidas.

Ríos de tinta y bits han corrido respecto al tema. Investigadores, miembros de la sociedad civil, estudiantes y opositores se han posicionado al respecto. Sin embargo, debemos mantener una actitud serena frente al problema, es decir, no es difícil imaginar que una disminución de tal magnitud acarearía graves problemas para el cumplimiento de las funciones de estas instituciones, pero… ¿cuáles son repercusiones reales de esta disminución?, ¿a qué obedece?, ¿desde dónde enuncian estas voces opositoras? Y, quizás más importante: ¿qué nos toca hacer frente a ello?

El panorama resulta desolador al tratar de imaginar las consecuencias cuando nos enfrentarnos a esos números. Es casi irremediable ponernos a pensar en las afectaciones concretas que pudiera tener tal desmantelamiento en zonas arqueológicas, monumentos históricos, investigación, fomento y difusión de aspectos culturales; y ni qué decir con respecto a los bienes naturales, de los cuales depende no sólo nuestra supervivencia como mexicanos, sino la de la especie y otras especies enteras. Sin embargo, esto no es nuevo, lo que ahora nos llama mucho la atención forma parte de un desmantelamiento paulatino de las instituciones y un olvido sistemático de estas cuestiones. Lo que me hace pensar que esto no es un problema simplemente de presupuesto, es una situación sistemática que si bien pareciera que debería de unirnos nos aísla.

Ejemplos sobran para ilustrar la cuestión, sobre todo si echamos una mirada a la historia reciente. Lo que nos lleva a la segunda cuestión, las voces opositoras. Es nuestro deber reconocer cada uno de estos discursos y sumar a nuestra voz los que realmente defiendan nuestros intereses. Hay que tener mucho cuidado porque caemos en un problema, en un intento desesperado por defender “lo que es nuestro” apoyamos agendas políticas que hemos olvidado. ¿O acaso podemos creerles a quienes dicen que defienden el patrimonio, pero desmantelaron la educación o lucraron con él en forma de cesiones al turismo? ¿O a aquellos que se hacen llamar verdes, pero fomentan macroproyectos o cesiones de recursos como energéticos o playas a empresas extranjeras?

Perdón por la insistencia, pero es una cuestión sistemática. Desde la formación del estado mexicano un grupo privilegiado determinó qué era ser mexicano, y en ese momento se nos impuso un patrimonio cultural; ese mismo grupo definió qué y hasta dónde era México, incluyendo en su interior todos los recursos que pasarían a ser propiedad de la nueva nación.

No bastando con eso, las instituciones se han encargado de despojarnos, el problema es que lo que parecería ser en favor nuestro ha promovido que el patrimonio se vuelva algo ajeno. Con la patrimonialización de los bienes se nos ha segregado, al menos simbólicamente: las áreas naturales protegidas son eso: áreas naturales, en el imaginario sin humanos; los monumentos se han vuelto inalcanzables, las zonas arqueológicas inalterables, al menos por la gente de a pie, aislándonos también. Y espero que no se confunda esta reflexión con un desprecio por la investigación o la conservación, pero el problema es que con ese pretexto nos han dejado fuera. Y no bastando con eso, se nos busca reinsertar en forma de consumidores, en el mejor de los casos; porque a veces, cuando mucho, no nos toca más que ser prestadores de servicios o maquiladores para el consumo de extranjeros.

Lo que antes se mostraba como el problema deja de ser sólo una cuestión de presupuesto, para mostrarse como una cuestión de aislamiento, un problema acerca de cuál es nuestra participación en la toma de decisiones con respecto a lo que se supone es nuestro. Ante esto, tenemos que leer la situación con una perspectiva diferente, con una clave política, en tanto qué significado tiene para nosotros el patrimonio y qué lugar le damos a estas cosas que hoy en día se dice que son nuestras, y actuar en consecuencia. Es nuestra responsabilidad el apropiarnos de estos bienes y estas instituciones, resignificarlas, tomarlas como nuestras, darles su justo valor y defender nuestro patrimonio por nosotros mismos.

© El Umbral, 2020